El Placer de la Escritura Manuscrita

Entre tanto teclado, pantallas y dispositivos táctiles se abre paso el gusto por el bolígrafo, lápiz y pluma estilográfica.

Razones por las que se debería seguir escribiendo a mano:

Los avances tecnológicos dibujan un perfil nuevo del ciudadano del siglo XXI, pero en esencia seguimos siendo los mismos de siempre, amantes de las pequeñas cosas. Los niños no han dejado de ilusionarse con sus lápices de colores y cuadernos a principios de curso, ni los coleccionistas han dejado de anhelar esa pluma estilográfica con plumín de 18 kilates.

¿Se perderá el uso de la escritura?

Hoy día, entre la gente que escribe –que no es todo el mundo: el 17 % de la población global, alrededor de 775 millones de personas, es analfabeta según datos de la UNESCO–, sería muy difícil encontrar a alguien que lo hiciera exclusivamente a mano. Y sin embargo los cuadernos y los folios se resisten a desaparecer. Es posible hallarlos incluso en muchos ambientes profesionales plenamente integrados en el mundo digital, desde el despacho de un alto directivo a la mesa de un experto en redes sociales o un consultor de comunicación. Todos coinciden en que, aunque luego puedan o no volcarlo en el ordenador, apuntan a mano las cosas importantes, porque “así se recuerdan mejor”.

Apuntar, trazar o esquematizar se suelen asociar con la creación, pero tiene otros muchos usos. De hecho, los primeros documentos escritos hallados, pertenecientes a la civilización sumeria, no tienen nada de literario: son anotaciones de contabilidad sobre grano y cabezas de ganado, registrados en escritura cuneiforme –sobre tablillas de arcilla, mediante un punzón vegetal con forma de cuña– hace unos 5.000 años.

Con la creación de los primeros asentamientos humanos permanentes, que evolucionarían hasta formar ciudades, determinadas áreas del comercio y la administración comenzaron a hacerse demasiado grandes como para retenerlas en la memoria. Por supuesto, la técnica no estaba al alcance de todo el mundo, y solo se podía aprender en las rigurosas escuelas de escribas. Pero quien la dominaba tenía asegurado un empleo de por vida, y no uno cualquiera: traspasar a un soporte sólido los edictos, leyes y cuentas de los más poderosos, muchos de los cuales –desde reyes y faraones a cortesanos– no consideraban necesario aprender.